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En primera persona 

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Entrevista con Mayra Arena.  

Nadie le contó cómo es vivir en la pobreza, lo experimentó en persona y así lo relata en cada uno de sus textos y charlas.

Siempre la motivó poner en palabras lo que realmente significa ser pobre en la Argentina. Así empezó a hacerlo desde sus redes sociales, donde algunos de sus posteos recibieron tanta repercusión que los medios de comunicación comenzaron a llamarla para conocer quién estaba de estos relatos tan realistas como dolorosos.

En este diálogo Mayra Arena y Alessandra Minnicelli, recorren temas como la meritocracia, el odio al pobre, una mirada ácida sobre la clase media, políticas públicas ausentes y otras ideas que llaman a la reflexión y a un necesario cambio de actitud. Sin embargo, cuando Mayra traduce esos conceptos y los acerca a las vivencias de personas de carne y hueso, muestra el lado contrario al que cuentan los noticieros o los estereotipos que construyen las ficciones.

Hoy a los 27 años, madre de un hijo de 12 y a cargo de su hermanita, divide su tiempo entre el trabajo de depiladora, el estudio de las ciencias políticas, el lanzamiento de su primer libro. Un conjunto de actividades que se agrupan bajo un mismo objetivo: ponerle rostro a la pobreza y deconstruir los falsos estereotipos que la siguen perpetuando.

Alessandra Minnicelli (A): Cuando a alguien le toca hablar de la pobreza en primera persona sos la indicada, porque contás tu historia para que se conozca en profundidad esa situación, ese problema.

Mayra Arena (M): La idea es que el pobre vea la pobreza como un problema, porque cuando la ve como la realidad, ahí tenemos una tragedia, que es tener «pobres silenciosos», que aceptan esa vida en la miseria. Disciplinados, ejemplares, son los que le gustan al poder porque agachan la cabeza y aceptan con resignación lo que les toca, lo que el sistema tiene para ellos, que en general es nada.

Por eso digo que la pobreza no es una realidad irreversible, no es lo que tocó y ya está. Dentro de las posibilidades -que siempre son más escasas en nuestra situación- se pueden hacer un montón de cosas para mejorar la calidad de vida, para tener más aspiraciones, más metas, más ambiciones y sobre todo  para que tus hijos no tengan que vivir las cosas que vos viviste. Chile es un claro ejemplo de esto, hoy se cansaron y dijeron basta.

A: En tu caso, contás con inteligencia y talento. El talento es natural y si hay oportunidades, uno puede desarrollarlo. El tema es cuando no hay oportunidades ¿Qué pasa?

Somos las oportunidades que tenemos. Más allá que cada uno nace o adquiere distintas destrezas, soy una convenida de que la pobreza está lejos de arruinarte. Por el contrario, hay una «pillez» que tenemos para el rebusque y la creatividad que es increíble. Tenemos muchas herramientas para sobrevivir en la pobreza, pero no para salir de la pobreza. Esas  las necesitamos desde afuera, desde el Estado como promotor y como nexo entre el pobre y el capitalista. Creo que esto tiene que ser parte de un plan estratégico, porque es solamente con trabajo que se ordena esa parte social.

Al contrario de lo que muchos piensan, los planes sociales o los programas que asisten a la pobreza no la perpetúan. Cuando uno deja de preocuparse por la comida, esto deja de ser lo único que tenés en la cabeza todo el día (porque es lo que te falta), recién podés empezar a preocuparte por la educación,  por el trabajo, capacitarte y tener nuevos objetivos. Pero si no se asiste lo urgente, no se puede combatir lo importante.

A: Tu discurso va a contramano del planteo liberal o conservador. 

Si, de la meritocracia. Me podría poner ese sombrero, de hecho los meritocratas a mi me quieren mucho y me saludan por la calle porque soy la muestra de que se puede.

A: Pero ellos son contrarios a lo que significa el asistencialismo como medida urgente para atender una necesidad básica insatisfecha…

M: Exacto y no sólo eso, sino que el meritocrata lo es hasta que al pobre le va mejor que a él. Que no vaya a ver un a un pobre en un puesto de poder, como vieron un presidente indio en Bolivia. Está bien que terminemos la secundaria y tengamos algún oficio, pero nunca que lleguemos a una universidad y nos recibamos antes que ellos, porque ahí se les acaba ese discurso.

Una de las cosas que me ha dado las oportunidades que he tenido – sin duda- es no tener cara de pobre, y no soy hipócrita con eso. Ser blanco en Argentina es un privilegio. El racismo, el colorismo, «pigmentocracia» o como le quieran llamar,  existe. Es algo que no tenemos visualizado como un problema. Y mientras no lo hagamos no vamos a buscar soluciones. ´Cómo vas a ser una nena rubiecita y salir a pedir, no… andá a tu casa, lleváte esto`, me decían.

A: ¿Sentis que te privaste de una infancia? 

M: Sí. Yo no tengo recuerdos míos jugando. Siempre era más bien era de andar cirujeando, sigo siendo ciruja de alma, pero como ahora ya no soy pobre, no soy ciruja, soy una ´persona que recicla`. Eso hace que todo tenga más glamour.

Pero mi infancia siempre fue eso, salir con mi hermana a ver qué encontrábamos. Comida, entrar a un restaurant, manotear algo. Siempre están en mi corazón los mozos que te veían y se hacían los que no, los policías que te facilitaban el acceso a la comida. Me emociona cuando lo recuerdo. Era vender todo,  hasta lo que no vale absolutamente nada. Quemar cable para venderlo por cobre, aluminio, abollar las ollas, meterles tierra adentro para que pesen más, ir a la chatarrería, todo es buscar el mango y el morfi del día. Mi infancia fue eso. Mi hermanita fue más de jugar y eso era quizás mi alegría en aquella época. Ella le encontraba lo lúdico a las cosas.

A: ¿Cuál fue el disparador para que empieces a involucrarte desde la formación y desde el conocimiento?

Yo tenía la costumbre de decir que había terminado el secundario pero cuando me apuraban con pedirme el diploma decía que me faltaban tres materias, que por ese motivo no lo tenía. Esa fue una mentira que usé para cubrirme durante años. Cuando se lo dije a Victor, el primer abuelo que cuidé, me dijo que tenía que rendirlas para estudiar algo posterior. Y ahí fue realmente un click en mi vida, porque a mi nunca se me había cruzado por la cabeza estudiar algo. Nunca me había preguntado qué quería hacer, elegir una profesión porque el pobre siempre está corriendo detrás de la comida del día, del alquiler, de la luz, de la garrafa y no tiene tiempo de proyectar a futuro.

A: ¿Charlabas con tus compañeros, tus vecinos el hecho de ser pobres o sólo vos te veías así y tenías las intenciones de salir de ahí?

Uno lo oculta siempre con  toda la dignidad que puede, incluso entre los mismos pobres. De hecho es muy común que uno tenga amigos la misma situación porque tener otros que no lo están, te hace sentir más pobre todavía. Quizás personas que que tienen más nivel adquisitivo te tira planes que a vos no te da el cuero para hacer y te da vergüenza decir que no. Son personas que, quizás, no tienen maldad pero tampoco tienen registro del otro. Antes me enojaba, después con el tiempo entendí que nadie elige donde nacer y por lo tanto, nadie tiene conciencia de cómo es la vida de los demás, sigue existiendo este desconocimiento absoluto por la economía y la realidad del otro.

A: Tenés una mirada especial sobre la clase media. ¿Es por este motivo? 

Generalizar está mal, pero creo que -a raíz de todas las crisis económicas que hemos tenido- la clase media argentina le tiene tanto miedo a la pobreza, a ser pobres, que terminan odiando a los pobres. Y además encuentran en la exclusión la única manera de sentirse exclusivos ellos. La sociedad te enseña que lo que vos tenés, no querés que lo tenga el pobre, solamente para que siga siendo exclusivo. Yo lo vi durante el kirchnerismo, muchísimas patronas horrorizadas de que la chica que les limpiaba la casa tuviera el mismo celular que ella. Me parece que esa es la  clase aspiracional que necesita hacer de la exclusión la garante de su pertenencia de clase.

Desde tu experiencia personal, sumada a tu formación en Ciencias Políticas, ¿Cómo atacarías ese problema para evitar la recurrencia? 

Tenemos un tema cultural los argentinos. Hay un odio y rechazo profundo hacia la pobreza que -incluso inconscientemente- algunos dejan de mirar a las personas,  miran a un costado. En resumen, tenés una parte sensible de la sociedad que no tiene ganas de comprometerse para no sufrir, y por otro lado, los lúmpenes que excluyen para  sentirse más privilegiados ellos.

Nunca se enfrentó el problema del odio al negro, el rechazo a quien tiene muchos hijos, al que usa «altas yantas», el que tiene televisión satelital y vive en un rancho. Tampoco se trabajó el rechazo cultural hacia el voto del pobre, hacia su militancia o considerarlo sujeto político y sobre todas las cosas, esta visión de que sólo tiene derecho a comida y cobijo. Por eso cuando uno hace una campaña, la gente dona alimentos y frazadas, nadie dona un celular. ¿Por qué el pobre no tiene derecho a tenerlo? Tiene el derecho y el deseo de todo lo que hace el resto de la sociedad, también quiere subir su selfie a las redes. Y la gente se espanta cuando publica una selfie con una pared sin revocar de fondo.

A: ¿Creés que el rechazo cultural se revierte con educación solamente? 

No, ojalá fuera tan fácil. Si fuera una cuestión educacional incluso los pobres podríamos salir de la pobreza más facilmente, pero yo te puedo asegurar que si vas a un barrio, está lleno de pobres sobre capacitados. Personas que estudian, hacen cursos, tienen oficios y quizás van a un terciario. Sin embargo, no consiguen trabajo por la dirección donde viven, por su cantidad de hijos, por su portación de cara. Por eso insisto en que el Estado debe ser el promotor. Muchos no tienen idea lo que es para un pibe recién recibido, salir  todos los días con su diplomita a golpear puertas y tirar currículum y que nadie le de trabajo porque es negro o le falta un diente. Necesitamos una inter-culturalidad, esto quiere decir que deje de existir esta rivalidad entre las clases.

¿La integración ayudaría?

La escuela pública que antes reunía al hijo del patrón con el hijo del obrero ya no lo hace más. Hoy los pobres vamos a escuelas de pobres y los no pobres van a escuelas de no pobres. Por lo tanto compartimos con nuestros compañeros el lenguaje, las aspiraciones, las metas. Cuando salimos de la escuela, a pesar de tener un mismo mismo nivel académico, somos personas totalmente distintas y cuando nos cruzamos en la calle nos vemos y nos sentimos así. A lo distinto se le tiene miedo, por eso nosotros somos también ´antichetos`, hago mi crítica. Para cada uno todo el mundo es «otro». Si tuviéramos una escuela pública con la calidad que argentina merece, la clase media volvería a mandar a sus hijos ahí. ¿Por qué te das cuenta que es así? porque hospitales como el Garrahan recibe personas de todas las clases sociales. Es salud pública de calidad y la gente busca eso.

Comments (2)

  • Facundo Cano

    enero 16, 2020 - 6:07 pm

    Brillante y conmovedora, como siempre, Mayra Arena. Le faltó agregar que entre los mismos pobres hay a veces un grado importante de discriminación: gente que vive en la villa pero desprecia al que tiene un plan social. Los he conocido y son aún peores que los miembros de la clase media que ella menciona con justicia. Se trata de gente estupidizada por el falso concepto de la «cultura del trabajo». Me canso de explicarles que la cultura del trabajo no existe; lo que hay en su lugar son ofertas de montos salariales de un lado, y niveles de necesidad personal del otro. Los vagos no existen, excepto un mínimo 1 % de bohemios que hay en toda sociedad. Lo que hay son personas que concurren al mercado de trabajo a cambio de determinada oferta salarial, y otras que lo hacen a cambio de otro determinado monto ofrecido de salario. Y los planes sociales son extraordinariamente buenos y positivos justamente para eso: para que el pobre y el indigente no acepten concurrir a trabajar a cambio de la miseria que suelen ofrecer los «emprendedores» de dedos rápidos ante la falta de control del Estado, o incluso de su aprobación como sucedió durante la gestión Macri. Caminen por el Once: suele haber cartelitos en la vidriera pidiendo Empleada o Empleado. Pregunten: son jornadas en negro de 14 y 16 horas por día. Si alguien tiene un plan social, puede esperar un poco antes de aceptar semejante explotación. ¡Aguanten los planes sociales!

    • Edufors

      enero 22, 2020 - 3:25 pm

      Gracias Facundo por compartir tus reflexiones! Seguimos con más intercambios de ideas en las otras publicaciones. Saludos!

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