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Lo invisibilizado, se hizo visible.

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Un llamado para proteger a nuestra Madre Tierra. En clave política, económica y socioambiental el autor realiza una comparación de lo que siempre fue visible, pero ignoramos.

Por Homero M. Bibiloni (*)

Lo que viene sucediendo en el planeta a raíz de la pandemia que ocupa gran parte de la información diaria con curvas de contagiados, recuperados, fallecidos, estadísticas por país, e imágenes a veces truculentas, ha producido y producirá – sensatez humana mediante- un punto de inflexión en la permanente evolución social que va en simultáneo con la evolución de la naturaleza. Derrotero el de la naturaleza, que no para, ni lo hará a través de los tiempos, y reconociendo que nuestro acompañamiento temporal no es armonioso con la Madre Tierra, sino las más de las veces a contramano del ciclo virtuoso de la vida, hemos iniciado un ciclo oscuro de la muerte de los nacimientos.

Y si bien hubo otras pandemias y enfermedades globales, esta -por efecto de la conectividad, la visualización permanente en tiempo real- tiene un significado cualitativamente diferente, porque ha demostrado el asincronismo entre todes nosotres y ese punto pequeño del espacio infinito que resulta el planeta. Ese espacio que generosamente nos cobija tan bien descripto en la Carta Encíclica `Laudato Si´ por el Papa Francisco en la idea del cuidado de la casa común.

Y entonces se me ocurre generar – tal el título de este aporte- una comparación de lo que siempre fue visible, pero lo ignoramos. Todo ello que de pronto se nos presenta de manera diáfana en nuestras vidas presentes, evidenciado por los errores pasados, corregibles en función del futuro, multitemporalidad que integra algunas dimensiones de la política, de la economía con nuestra (des) integración socio ambiental, una enunciación que si bien puede resultar desordenada posee un hilo conductor sustantivo.

Primero:

Las poblaciones originarias siempre han tenido comunicación y entendimiento con la naturaleza, respetándola sin predación alguna. Por eso aún siguen viviendo en ella, pese a no tener las adicionalidades de la vida occidental. Esa naturaleza que ahora sí podemos apreciar a la distancia porque nos hemos detenido y no seguimos corriendo.

Los seres autollamados “civilizados” pese a tener este dato conocido, nos obstinamos en hacer lo contrario. No sólo no sabemos leer sus señales, sino que la envenenamos con químicos, talamos sus bosques, aniquilamos especies en extinción por placer, contaminamos los bienes comunes, derrochamos sus sistemas de producción, superándola en su capacidad regenerativa.

Segundo

La alimentación sana y natural clave para la vida, desde siempre, ha logrado ser cambiada por procesos industrializados donde no sabemos lo que comemos, pero que se parece a lo que nuestros registros poseen de tales alimentos. (Una gaseosa que acompaña su nombre con la palabra naranja luego, para una falsa asociación, dice que posee menos del 8% del producto clave: jugo de naranja).

En estos días hemos vuelto al lugar más social de la casa, la cocina, para hacer nuestros propios alimentos, en donde como cantaba Peteco Carabajal en las Manos de Mi Madre «…arde la leña, harina y barro lo cotidiano se vuelve mágico…». Pero hasta no hace mucho, este proceso de autodestrucción de la especie, en términos alimentarios, no es seguido por ningún otro hermano de la naturaleza, que claramente sabe que debe comer, qué no debe comer y por qué. Sin embargo, nosotros decidimos seguir las etiquetas, el marketing falso, admitimos la disociación entre el producto a consumir por ejemplo jugo de naranja con felicidades vinculadas de incomprobable causalidad, información fraccio-distorsionada, y aditivos químicos por doquier. 

Tercero:

El neoliberalismo ha logrado hacer creer a partes importantes de la población que siguiendo recetas pensadas para un sector minoritario de la sociedad (ellos mismos) será beneficioso en el tiempo -aunque no en un presente inmediato para todos- si se persiste en el esfuerzo (ajeno) cual espejismo constante.

 Los mantras de falta de regulación, liberalización de la economía especialmente el flujo de divisas, que el mercado se autoequilibra, que importar es competitivo, que hay que integrarse a un mundo que curiosamente se cierra, es una falacia que -cada tanto- termina en una explosión causada por ellos mismos (Martinez de Hoz, Cavallo y la saga de los ministros macristas), previo retiro de la crema de los negocios con la prolija fuga de divisas.

Cuarto:

Como consecuencia de estas ideas hay que reducir el Estado en orden a la eficiencia de la economía local y global (para ellos nuevamente) pero no se dice en beneficio de quiénes, porque la lógica es aumentar ganancias a costa del que compra y para beneficio de los accionistas. Los bienes de la naturaleza (que son paradojalmente comunes) en esta lógica, son recursos extraíbles (por sus empresas) hasta que se termine, para luego irse. Así pasó con los quebrachales, pasa con la minería, pasará con los suelos fértiles o con los recursos no renovables: gas y petróleo.

Al reducir el Estado, porque es un “gasto improductivo”, solo se beneficia al más fuerte que son las corporaciones, en detrimento de usuarios, consumidores, (nosotres en suma).   En tanto, se pierde capacidad de regulación, control, presencia en el territorio, el equilibrio entre desiguales que sólo puede brindar lo público, amen de la protección y recuperación de los bienes de la naturaleza dañados por el propio hombre con planes, programas y políticas, para lograr como dice la constitución en su Art. 41 «preservarlos para las generaciones futuras».

Quinto:

Si todos los valores son económicos, esta lógica prima y pasa a la salud en la idea que cama no ocupada es cama deficitaria. Lo mismo con equipos y tecnologías para la prevención, y en consecuencia se quitan camas conforme planillas de Excel o se sobrefactura el uso de equipos de manera innecesaria.  Así, la salud se torna un bien de “mercado” y por tanto sujeto a la lógica de costos, donde los que pagan están dentro y los que no tienen quedan a la intemperie.  Estados Unidos, Chile y tantos otros países “serios”.

Los privados entonces se retiran de lo no rentable, y en consecuencia como los temas de la prevención de la salud no desaparecen, se “cae en el sistema público” el cual ha sido prolijamente abandonado y diezmado. Pero no son ellos los que se atienden en este sistema sino los OTRES, ese segmento social para el cual trabajan algunos gobiernos que califican como “populistas”. Los que pertenecen al segmento ABC1 (no más del 20 % de la población) tienen obras sociales privadas, clínicas privadas, hotelería hospitalaria., etc.  De allí que están fuera, en principio, del problema. Pero han descubierto que ciertas enfermedades (no el dengue claro) también les llega a los que viajaron en avión, impactándoles por igual a los que se apiñan en trenes y subtes.

Sexto:

La pandemia del coronavirus demuestra que el sistema privado no cubre la demanda de la pandemia y que tampoco está pensado para escala alguna de cuidar vidas humanas fuera del radar del cubierto prepago. Está diseñado en la ecuación del mejor para “giro cama” conforme estadísticas normales del negocio. «Business as usual» como encantan decir los enamorados del gerenciamiento todo terreno norteamericano.

Por tanto, se descubre la importancia del Estado y la administración sectorial con las políticas públicas de salud, pero no podemos sino marcar una actitud curiosa dado que los que antes aplaudieron achicar el Estado para engrandecer la Nación, ahora le reclaman prestaciones y atención a voz en cuello, a través de sus voceros mediáticos, criticando hasta donde es posible la falta de una mejor planificación y eludiendo la pesada herencia. Esa herencia dejada con la mirada futura del equilibrio con “la economía” porque el Señor “mercado” tiene que seguir a cualquier costo.

Séptimo:

El neoliberalismo siempre pregona contra la política y la supuesta corrupción de la misma. Tratan de esterilizar a la democracia con la inutilidad del voto, generalizando que todos son los mismos, pero ellos claro se ponen afuera de esa descalificación, por que tienen la virtud de decirlo, amplificado por la cadena privada de medios de los cuales son socios o empleados. «Puesto menor” le dijo Magnetto a Menem.

Cuando ellos son gobierno la corrupción es estructural por que la legalizan como las sociedades off shore, fugan divisas, aportan «truchamente» de manera sistemática y toman al Estado por asalto para sacarle todo lo que puedan. Vale bien recordar las palabras de Dolina «A quienes dicen que todos los políticos son lo mismo… yo contesto: «Para un analfabeto todos los libros son iguales…” ¡Ah! Un dato para los republicanos de escenografías televisivas, nuestra Constitución se basa en la política y los partidos (Art. 38 entre otros).

Octavo:

Atacan la voracidad fiscal porque el estado es un “predador insaciable” tributariamente, pero no dudan en quejarse y reclamar más seguridad, más caminos, mejor infraestructura, que sólo se financia con presupuesto público.

Son expertos en evasión y elusión, para lo cual tienen expertos nacionales y estudios internacionales, que funcionan con la banca privada internacional, dejando sin explicar cómo puede financiarse el Estado, si ellos mismos no pagan lo que deberían. ¿O acaso pretenden que se financie con el IVA de los fideos para guiso que pagan los mas humildes?

Noveno:

Pregonan la necesidad de seguridad jurídica y previsibilidad para la intangibilidad de sus negocios (me hace recordar a los magistrados con sus generosos salarios y jubilación) e igualmente la pesadilla del “costo laboral” argentino y sus personeros (Leáse el Movimiento Obrero Organizado)

Tan pronto cuando el mercado al que veneran gira la veleta de sus propios vientos, inmediatamente acuden al estado para precios sostén, prestamos blandos, subsidios.  Es decir, todo lo contrario para lo cual ellos trabajaron y pregonaron, sin siquiera sonrojarse. Ignoran que trabajadores enfermos, mal pagos, no preparados, no consumen y si eso pasa por la ley de oferta y demanda sus empresas quiebran.

Décimo:

Esta ralentización del vértigo desenfrenado de la inconsciencia colectiva humana, y su capacidad destructiva ha provocado fenómenos naturales impensables, pero que demuestran la infinita capacidad de recomposición de las heridas que causamos a la Madre Tierra todos los días. Cabría pensar: ¿A cambio de qué?

Se ve la cadena del Himalaya, cisnes en Venecia, osos y ciervos en ciudades de América del Norte, pingüinos en Miramar, peces en el Riachuelo, y así miles de hechos puntuales en todo el planeta. Alegría de la comunidad de flora y fauna que no es agredida sin saber por qué.

Por tanto, estamos diciendo en esta época de cuarentenas diversas: cuídate para cuidar al prójimo y si uno se cuida nos cuidamos todos.

Pero volviendo a lo ambiental cuidar la casa común, no es sino proteger a quien lo hace desde el inicio de los tiempos. Quien nos da todo con su infinita generosidad (luz, calor, agua, aire, suelos, frutos, nutrientes, alimentos, ecosistemas que funcionan solos de manera perfecta)  sin pedir nada, tan sólo respeto. Quien armonizando nuestras cotidianidades con sus ciclos virtuosos de vida en permanente evolución, en el esquema del vivir bien originario: SUMA (plenitud, excelencia bienestar), CAMAÑA (vivir, convivir).

Todo está pre escrito en los textos naturales tan intangibles como perceptibles. Si pretendemos cambiar la evolución de la Madre Tierra y sus equilibrios, lo más probable es que, como ya ha quedado demostrado, tendamos a la desaparición como especie.


*Abogado, Académico Administrativo y Ambiental en grado y postgrado, Ex Secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación y Presidente de la ACUMAR.

 

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