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Diez años de igualdad

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A una década de la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario en Argentina, Alex Freyre integrante de la primera pareja en lograr casarse, recuerda ese momento histórico y analiza el particular contexto actual en torno a la diverdidad. 

Su lucha dio resultado. Diez años atrás, cuando se aprobaba la Ley de Matrimonio Igualitario en Argentina, él tuvo mucho que ver. En este diálogo con Alessandra Minnicelli para el programa de televisión 40 Minutos de RSE, recorre en primera persona sus vivencias de niño y adolescente, su militancia y todos los hechos que lo llevaron a formar parte de la primera pareja del mismo sexo en poder casarse en América latina.

El 15 de julio de 2010, luego de meses de un intenso debate que sobrepasó las paredes de la Cámara de Diputados y Senadores, lo que estaba en discusión era mucho más que un permiso para casarse. Se ponía en juego un modelo de sociedad. Los 33 votos a favor y 27 en contra después de 15 horas de argumentaciones, abrieron una puerta hacia la ampliación de otros derechos para un colectivo -que hasta ese momento- era invisible a los ojos del Estado y marginal para la sociedad.

Así, hace diez años y con Alex Freyre como cara visible de un movimiento que bregaba por inclusión y reconocimiento, la Argentina pasaba a formar parte de la lista de países un poco más democráticos e igualitarios. Al fin se veía materializado en la realidad, lo que sus carteles de lucha clamaban: “El mismo amor, los mismos derechos”.

Hoy a sus 50 años, divorciado de su pareja de aquel entonces, se dedica a un vivero urbano desde donde enseña además el cultivo de cannabis, un área que no está plenamente legislada en nuestro país, pero todo indica que su personalidad combativa trabajará como el dice, «para empujar cambios sociales sistémicos para progresar».

Alessandra Minnicelli (AM): La sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario fue un hito. ¿Cómo fue tu recorrido personal anterior?

Alex Freyre (AF): Hice mi escuela primaria en contexto de dictadura militar y mi etapa de la secundaria justo se inicia con la recuperación de la democracia, entonces empiezo a participar del movimiento estudiantil. Hoy tengo 50 años y milito desde los 13. Fui dirigente estudiantil de varias escuelas, pero durante mi adolescencia dejé de militar porque empecé a gestionar todo lo que tiene que ver con mi identidad de una forma más compleja, desde una perspectiva hacia la adultez, incorporando mis deseos, mis pulsiones en varias dimensiones. Empecé también a construir mi identidad gay.

Entre mis dieciséis y diecinueve años, fui detenido diecinueve veces por la policía, ya que todavía estaban vigentes edictos policiales y códigos contravencionales que criminalizaban con arresto el hecho de ser homosexual. Ahí comenzó una segunda militancia en cuestiones de esta desigualdad y de algo que mucho más adelante íbamos a terminar conquistando.

Mi adolescencia fue terminando, encuentro un diagnostico tremendo, probablemente consecuencia de tanta marginación y exclusión de una educación sexual que me incluya, que me prepare a mi también. A los 21 años fui diagnosticado con HIV, era alguien que se iba a morir a corto plazo y me diagnosticaron SIDA en 1991. Para la Organización Mundial de la Salud los homosexuales eramos una enfermedad psiquiátrica; para el Estado, un delito; y desde la religión éramos un pecado.

¿Y para la sociedad?

Tuvimos que trabajar en deconstruir mucho desde la comunicación. Primero con nosotros y nosotras mismas, construir una estructura social que aporte, que haga incidencia parlamentaria y en los medios de comunicación.

Viví una infancia y adolescencia en donde se hablaba de mi colectivo como invertidos, sodomitas, hombres disfrazados de mujer. Había mucha carga, aparecíamos solo en la sección policiales. Entonces, eso es lo que los medios de comunicación me guiaron: en una autoimagen que tuve que deconstruir y construir de manera más positiva. Fui candidato a diputado nacional por un proyecto político que ganó las elecciones ese año eso quiere decir, que la sociedad se transformó pero también hizo falta un recorrido personal.

¿Como surge la iniciativa para modificar la legislación?

En 2005, creamos una alianza de la diversidad sexual entre activistas que ya teníamos organizaciones previas, porque no habia un recorrido de incidencia parlamentaria todavía. Ahí nos trazamos cinco puntos como los más inmediatos a resolver: matrimonio igualitario; Ley de identidad de género; Implementación de la educación sexual con perspectiva de diversidad, Derogación de los editctos policiales y códigos contraversionales. Esa fue una agenda fundamental y la logramos, y es más, la sociedad ha evolucionado y adoptó una postura de rechazo -por lo menos simbólica- a estos tipos de discriminación que generan exclusión.

¿Como recordás la experiencia de haber sido el primer matrimonio del mismo sexo en América latina?

Con José María empezamos nuestra relación en el 2005 y en el 2009 le propongo matrimonio. Ya lo habían intentado otras parejas, pero no lo lograron. La novedad es que nosotros sí, a fin de ese año nos casamos y en el 2010 fue sancionada la Ley.

Fue un cambio sistémico lo que se empezó a plasmar con nuestra conquista. Pero ese cambio tuvo que ver con una reflexión colectiva, una maduración. Fue debatido en las mesas familiares, con los periodistas, en las empresas y logramos una ley que tuvo muchas implicancias. Si pensamos qué nos falta ahora, diría que es la inclusión laboral de las personas trans. El Estado ahora reconoce que son personas. Le reconoce su derecho a la identidad, al nombre propio. Pero el mundo laboral también tiene que transformarse e incluirlas. Las personas trans, mueren a un promedio de 35 años de edad, víctimas de la exclusión, con SIDA, con pobreza.

Tenemos que romper las estructuras que hoy nos condicionan y ver de qué manera todos y todas podemos generar más inclusión para ese colectivo al que nuestra sociedad hizo pomada. Lo destruimos de todas las formas posibles. A mi me toca hacer un convencimiento al sector privado y a la sociedad para que comprenda que dar trabajo es una forma de incluir.

Cuando se debatió la ley, no se trataba de la búsqueda de un casamiento sino de formar una familia. Vos además viviste la experiencia de divorciarte.

Si. Cuando nosotros militamos y conquistamos el derecho a casarnos también militábamos el derecho al divorcio, que es parte del amor. Porque el divorcio genera responsabilidades, obligaciones y sobre todo derechos para los niños.

Nosotros dimos una lucha para que nos incluyan en algo y eso transforma el instituto. Cuando anunciamos que nos casábamos, los periodistas y las periodistas nos preguntaban si íbamos a querer adoptar, a lo que respondíamos que no. Pero nunca nos preguntaban si teníamos hijos, porque no podían concebir que los homosexuales ya existíamos desde antes, que la Ley de Matrimonio no nos hacía existir, sino que daba reconocimiento de nuestra existencia. Nosotros ya éramos una familia y queríamos que el Estado lo reconozca. Y seguimos siéndolo, aun después de habernos divorciado, porque la cuestión de la familia son vínculos afectivos, entramados más complejos.

En algún momento mencionaste que, incluso después de la sanción de la Ley, ustedes eran un colectivo de perseguidos. ¿A qué te referís?

Con algunos fuimos de los primeros perseguidos. Antes de que gane en las elecciones el macrismo ya había una operación de desgaste y acoso. En mi caso lo relaciono con que no todas las conquistas más importantes que hubo durante el kirchnerismo tuvieron un rostro humano especifico. Por ejemplo, no hay un niño que podamos decir: «Esta es la cara de la Asignación Universal por hijo», pero sí lo hubo con matrimonio igualitario. Tenían que atacarnos porque eso era atacar un avance social. Iba más allá de nosotros mismos, pero nuestra cara estaba en juego. Hoy vemos más transparentado lo que fueron estos servicios de inteligencia puestos para perseguir, hostigar e intentar encarcelar.

Desde que se aprobó la Ley hasta hoy, ha crecido el colectivo LGTBIQ+ y ha habido una evolución en la búsqueda de la identidad de género. Hoy existe un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad a nivel nacional.  ¿Qué expectativas tenés al respecto?

Múltiples expectativas. Mi concepción sobre lo que es la Democracia, es que es un proceso irreversible, como el proceso hacia la igualdad, como el que nos empodera. Una vez que comienza es irreversible. Todos y todas estamos en una parte de ese camino, deconstruyendo machismo para poder avanzar hacia la igualdad y el Estado también se va transformando. De hecho, que sea el Ministerio de «las» mujeres habla de una perspectiva en la mirada y en la construcción de las respuestas posibles. Se reconoce la diversidad y eso requiere una respuesta diversa con recursos puestos para ver dónde está haciendo falta, donde está la brecha. Una de las cuestiones a trabajar -sin duda- tiene que ver con la inclusión laboral, además la educación integral sexual y seguir profundizando el abolicionismo de la prostitución. Para el primero, uno de los caminos es la Ley de cupo laboral. Es tarea de este ministerio acompañar para que el Estado se transforme, que todas las políticas públicas incorporen transversalmente esta perspectiva. También es tarea de este ministerio pelear por un presupuesto que otorgue dignidad y realidad efectiva a estos reclamos.

Hubo muchas conquistas y todavía falta. Hay muchas compañeras y compañeros que tienen mucha experiencia en estos recorridos, pero no todas vienen del campo de la realidad. Muchas provienen del mundo del pensamiento académico, de pensar el problema. Pero la cuestión del trabajo en la calle, en el territorio, a nosotros nos da mucha experiencia para saber donde está la brecha.

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