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Mujeres rurales: un trabajo invisibilizado

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Las mujeres rurales garantizan la seguridad alimentaria de sus comunidades, resisten frente al cambio climático y fortalecen sus propias economías. Sin embargo, existen limitantes para que desarrollen su pleno potencial, situándolas en desigualdad frente a las mujeres urbanas y los hombres.

La agricultura es el sector de empleo más importante para las mujeres en países en desarrollo y zonas rurales, normalmente pertenecen a la economía informal, con un bajo nivel de protección social y, en muchas ocasiones, ausencia de derechos laborales (ONU Mujeres 2019). Esto trae aparejado un peor nivel de vida vinculado a sus bajos ingresos, todo lo que se verá reflejado en menores posibilidades de ascenso social. Además, ellas son afectadas por la destrucción de la naturaleza, el aumento de enfermedades relacionadas con la degradación medioambiental, el impacto del cambio climático, el uso indiscriminado de agroquímicos, la falta de agua potable, la imposibilidad de acceder a los alimentos, las dificultades en el acceso la salud y educación. A su vez, estas desventajadas históricas se vieron potenciadas en la crisis por el COVID.

En Argentina, según la Investigadora de la temática Silvina Alegre, las escasas oportunidades que enfrentan las jóvenes rurales se vinculan con las dificultades en el acceso al trabajo, que hacen que no pueden insertarse localmente. Esto se acompaña de pocas posibilidades de estudiar o trabajar fuera de las actividades propias del sector.  Además, teniendo empleo o sin él, las mujeres rurales sufren una intensa carga de trabajo que implica tareas domésticas y de cuidado, tareas productivas dentro de las unidades familiares -para autoconsumo y la venta de excedentes- y participación en espacios comunitarios. Sin embargo, aunque sigue existiendo una desigualdad respecto de la división de tareas dentro de los hogares, se ha reconocido que en las parejas rurales más jóvenes existe mayor participación de los hombres en este tipo de tareas (ver más en “Las nuevas generaciones de mujeres rurales como promotoras del cambio”).

Las mujeres rurales sufren una intensa carga de trabajo que implica tareas domésticas y de cuidado, tareas productivas y participación en espacios comunitarios.

Por su parte, mundialmente el acceso al agua potable segura se da en el 60% de los hogares rurales respecto de un 86% en las zonas urbanas. Esto ubica a las primeras en una clara situación desigual. Además, sabemos que las mujeres en general son las que van a buscar el agua, por lo tanto, tienen menos por lo tiempo para conseguir un empleo, y terminan realizando más trabajo doméstico no remunerado, lo que en el futuro les impide tener previsión social. Sumado a ello, el acceso a la salud es algo crucial, en términos generales y fundamentalmente a la salud sexual y reproductiva. Estos servicios se encuentran en su mayoría en zonas urbanizadas y aquellos ubicados en localidades rurales son generalmente más precarios, fundamentalmente por la falta de recursos humanos y de especialidades médicas. No obstante, en nuestro país existen formas de acceder a la salud a través de programas que acercan móviles equipados, personal médico o promotores de salud a las zonas rurales. De este modo puede ampliarse la cobertura médica, lo que mejora la situación de las mujeres jóvenes comparado con generaciones anteriores.

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Respecto del acceso a la educación, sólo el 2% de las mujeres rurales más pobres de los países de bajos ingresos completan la educación secundaria superior. En Argentina existe una tendencia en los más jóvenes a buscar algo diferente de lo que hacen sus padres. Muestran interés por emprendimientos alternativos que los vinculen al medio urbano y con las nuevas tecnologías. Entre los años 2001 y 2010 se produjo un incremento -38,6%- en la incidencia de los jóvenes rurales con secundario completo o más. Esto se debe a un incremento en la oferta de establecimientos educativos rurales públicos, así como la posibilidad de acceder a apoyos económicos para estudiar. Siguiendo a Silvina Alegre, el aumento registrado del secundario completo beneficia a las mujeres rurales jóvenes respecto de los varones, estos ultimo tienen tasas más altas de abandono para incorporarse en el mercado de trabajo. Por su parte el acceso a las nuevas tecnologías delinea una nueva ruralidad en la cual se estrecha el contacto de los jóvenes rurales con los urbanos, lo que lleva a modificar sus consumos culturales y ambiciones personales. 

Las escasas oportunidades que enfrentan las jóvenes rurales se vinculan con las dificultades en el acceso al trabajo, que hacen que no puedan insertarse localmente. Además de pocas posibilidades de estudiar o trabajar fuera de las actividades propias del sector. 

Mujeres rurales y COVID

Una investigación del Ministerio de Ciencia y Técnica y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Ver más en “Diagnóstico de la situación de las mujeres rurales y urbanas y disidencias en el contexto de COVID-19”), encuestó a 139 mujeres rurales sobre las consecuencias del COVID. De ellas, 68,3% son jefas de hogar y un 94,1% respondieron ser las responsables del trabajo doméstico y de cuidados en el hogar en ese periodo. Entre los datos a destacar, el 39,6% de ellas fueron responsables del cuidado de alguien perteneciente al grupo de población en riesgo o mayores dependientes. Para la percepción de un 73,4% de estas mujeres aumentó el trabajo doméstico y de cuidados durante la cuarentena. En relación con el reparto de las tareas domésticas, el 85,6% dijo que alguien más de la familia las comparte con ellas. Y en términos de brecha digital – solamente un 56,8% tiene acceso a internet desde su casa –, relataron la sobrecarga de trabajo en relación con la educación de sus hijos/as que depende de esta tecnología. Además, un 18% ha sufrido alguna forma de violencia de género durante la pandemia, de las cuales el 12,9% no hizo la denuncia, contra el 2,2% que la hicieron. 

Las mujeres -en general- son las que van a buscar el agua, por lo tanto, tienen menos tiempo para conseguir un empleo, y terminan realizando más trabajo doméstico no remunerado.

Trabajar en el empoderamiento

Según Marta Chiappe, especialista en la temática, hay una subestimación de las tareas que realizan las mujeres rurales. Esto es así porque continúan estando posicionadas en un lugar relativamente subordinado, en términos del papel que se les reconoce y de su visibilidad. Esto a pesar de que la mayoría de las mujeres en establecimientos familiares participan en la producción muchas veces a la par que los hombres. Son ellas mismas quienes se reconocen como colaboradoras o ayudantes, ya que consideran que su trabajo principal es el del hogar. La invisibilización de este trabajo tiene mucho que ver con que no es remunerado. En este marco cobran gran relevancia los datos censales que puedan aportarse. Esto permitiría cuantificar estas situaciones, a partir de algo sencillo como registrar los datos -de propiedad de la tierra y trabajo- por género. 

Las mujeres no están por lo general en tareas de comercialización ni en tareas que incluyan manejo de maquinaria, se podría decir que casi no participan en la agricultura empresarial. En este sentido es necesario trabajar en el empoderamiento, lo que incluye generar trabajos decentes y protección social, educación y capacitaciones. Para lograr esto hay que profundizar las políticas públicas hacia la mujer rural aplicadas en el territorio de nuestro país que busquen resolver sus problemas: conflictos territoriales, la propiedad precaria de la tierra, el acceso a agua potable, salud, educación y a internet, son solo algunos. En este camino, no hay que perder de vista que además de “en igualdad”, podemos partir desde acciones y perspectivas agroecológicas, sostenibles e incluyentes.

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