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Reinventarse

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Mucho se habla de la crisis socioeconómica que está viviendo nuestro país. Pero, ¿qué pasa puertas adentro de las organizaciones sociales que tienen que contener esas necesidades y problemáticas? ¿Están preparadas para los nuevos desafíos? Se enfrentan a un escenario con recursos cada vez más escasos y más personas que golpean sus puertas por un plato de comida, por abrigo, por ayuda. Así, rediseñan sus estrategias, su logística diaria y convocan nuevos colaboradores y, sobre todo, ponen mucha creatividad y compromiso para seguir con sus objetivos.

Los referentes de las organizaciones sociales están jugando un partido bastante difícil y si bien tienen equipo, experiencia y conocen el terreno, las reglas del juego hoy cambiaron. Todos saben que corren contrarreloj y se enfrentan a un contrincante cada vez más fuerte: la pobreza. Las necesidades de las comunidades con las que trabajan se fueron corriendo de eje, dando lugar a problemáticas como que el dinero ya no alcanza, que familias enteras no tienen dónde vivir o qué comer y llegan a golpear sus puertas con el estómago vacío. Así, sin dejar de lado la misión y visión de la organización, los líderes se ponen el equipo al hombro. Los reagrupan, los motivan para llenarlos nuevamente de confianza y energía. Sobre la marcha, diseñan una nueva estrategia, cambian de tácticas y vuelven a la cancha con la misma ambición de ganar que el primer día. Saben que, frente a este rival, no hay posibilidades de pedir tiempo fuera.


Puertas adentro de las organizaciones sociales, especialmente aquellas de base, es decir las más cercanas a las comunidades con las que trabajan, se están produciendo algunos cambios que van en línea con la coyuntura socioeconómica que está viviendo el país.

Los datos vinculados al desempleo, la pobreza, la inflación, sin duda reconfiguran, no sólo la gestión diaria de las organizaciones, sino también la manera en que éstas deben pensarse a sí mismas, para poder contener las nuevas problemáticas que se les presentan. Y a la hora de hacerlo ponen en práctica algo que es innato en este sector: su flexibilidad. Esa característica es la que siempre les permitió seguir con sus planes, pero sabiendo que nada está dado de antemano.

Así lo explica Marina Muro, Directora Haciendo Lío, una organización fundada en 2015 2015 bajo la consigna de la Jornada Mundial de la Juventud, donde el Papa convocó a los jóvenes argentinos a “hacer lío”, en favor de la Paz y el Amor al Prójimo. Con más de 800 voluntarios en distintos lugares del país, trabajan en la asistencia y promoción de personas en situación de vulnerabilidad, desarrollando programas de capacitación y reinserción laboral. «Hay muchas cosas que nos vienen pasando como organización y como actores de la sociedad civil, que nos hacen replantearnos constantemente. Es poner el motor en marcha, después frenar, replantear, ver qué estamos haciendo y qué resultados está dando. Esto es una constante que pasa en Haciendo Lío, que es una organización flexible que se adapta mucho al contexto, porque vivimos un país que cambia constantemente». 

Uno de los nuevos desafíos que se les presenta, viene dado por el aumento de las personas a las que deben atender. ¿Por qué? La pobreza multidimensional alcanzó el 31,3 por ciento a fines de 2018, un incremento del 4,7 por ciento en comparación con 2017. Esto quiere decir que 1.903.500 personas, que no eran pobres, ahora lo son. En tanto, el 18,6 por ciento de la población cayó al núcleo de pobreza estructural, según informó el Observatorio de la Deuda Social de la UCA.  Por su parte, UNICEF indicó que el 48% de los chicos argentinos son pobres.

Esta situación se ve reflejada entonces, en la cantidad de personas que estaban haciendo equilibrio para mantenerse dentro de los márgenes de la clase media, que podían pagar un alquiler, tener un plato de comida todos los días, pero que, en el último tiempo perdieron esas posibilidades y recurren a estos centros sociales a pedir ayuda.

«Estamos constantemente en territorio. Somos en los barrios más vulnerables quienes estamos primero que nadie, quienes recibimos el primer pedido desesperado, o quienes damos los primeros abrazos. Eso en si es un gran desafío» explica Martín Ferreira, fundador de la Asociación Civil sin fines de lucro SonRisas.

La organización que dirige en Esteban Echeverría, cuenta con tres Centros Sociales y Solidarios, que ya se han posicionado como referentes del barrio, al ofrecer no sólo comida, sino un acompañamiento integral a través de talleres artísticos, de educación, de oficio, alcanzando a 380 familias.

Ferreira explica que, si bien SonRisas ha venido creciendo positivamente en los útlimos años, también están viendo un incremento en el programa de Contraprestación Comunitaria, desde el cual entregan alimentos a personas que no pueden costearlo por sus propios medios y ellos, a cambio, ofrecen dos horas de trabajo o ayuda comunitaria.

«En su momento era un acompañamiento más y puntual para 30 o 35 familias. Pero, lo que pasó en estos últimos años, es que más personas vinieron necesitando ese programa y nosotros, como organización, tuvimos que buscar más fondos y contactar al Estado para tener más alimentos. Hoy son 115 familias que se acercan no sólo por el crecimiento de SonRisas como entidad, sino por el incremento de la demanda y las necesidades de las familias» y agrega un factor social a este fenómeno: «Vienen a pedir con bastante dolor y -en algún punto- vergüenza».

Algo similar relata Muro, y en su caso, lo observan en torno a su programa de «Recorridas Solidarias», una iniciativa que pretende mejorar la calidad de vida de las personas en situación de calle, acercándoles alimentos y otros elementos de primera necesidad en distintas zonas vulnerables. «De 60 viandas realizadas en el año 2018 para personas en situación de calle en la Ciudad de Morón, hoy estamos realizando un número de 150. Asimismo, hemos aumentado los días de recorridas (de un sólo día a tres) y articulado con otras organizaciones sociales de la zona para poder garantizar una ingesta diaria durante toda la semana entre todas las organizaciones» explica Muro. Dentro de los grupos a los que asisten, recientemente se sumaron los que están en una «situación gris», según los define. «No están en la indigencia, pero están ‘en la lona’. No tienen recursos para acceder a comida, educación, seguro social y el poco ingreso que tienen lo utilizan para pagar una cama en un hostal compartido, un albergue. Creo que ese es el mejor momento para ayudar. Cuanto más tiempo tiene la persona en la calle, más dificil es liberarlo de esa situación».

Estructuras más desestructuradas

En un escenario en constante transformación, las organizaciones de la sociedad civil, están dotando a sus modelos de actuación estructuras más flexibles que les permitan responder de forma más ágil y efectiva a los cambios. Esto no quiere decir perder identidad, ni desviarse de los objetivos para los que fueron creadas, pero sí, adaptarse para no dejar a nadie atrás. 

En este proceso, a nivel interno, están aflorando algunas situaciones que requieren una nueva mirada hacia aspectos como la logística, coordinación, ampliación de espacios físicos o sumar colaboradores. «A nivel voluntarios nos estamos quedando cortos, nos faltan más manos porque no llegamos. Al mismo tiempo incorporamos gente, coordinadores de voluntarios, para que los vayan preparando porque se viven situaciones muy fuertes» relata Muro y explica que, además, tuvieron que crear nuevos procesos para cocinar de manera más rápida para equiparar el incremento de personas que reciben los alimentos y -a la vez- reinventar menús para optimizar los recursos.

En SonRisas la fotografía es la misma. «Salimos a buscar más personas que puedan ayudar en toda la logísitica. Pedimos muebles para tener mejores espacios de guardado y lugar donde acumular más comida ya que tuvimos pedidos más grandes en los bancos de alimentos. Para eso, pedimos ayuda a algunas de las empresas colaboradoras más fuertes, como al Estado municipal y provinicial» cuenta Ferreira.

La búsqueda de financiamiento acorde a los nuevos marcos de gestión, también son un tema para las organizaciones. Según cuentan los referentes, esta tarea es una constante en su día a día, más allá de la situación de crisis económica que se pueda estar viviendo. A diferencia de otros actores de la comunidad, tienen a su favor, experiencia en enfrentar estas adversidades y cintura para seguir adelante con escasos recursos.

Paula Lemos es la directora de desarrollo de recursos de Mensajeros de la Paz, una organización que trabaja por la integración social de personas que están en situación de vulnerabilidad y se enfocan en los dos extremos de la vida: niñez, adolecencia y adultos mayores. Al responder cómo están abordando en la actual coyuntura la recaudación de fondos, resalta una característica de su área: la diversificación. A ello Lemos suma otros aspectos como «la creatividad en rediseñar las actividades que teniamos previstas y los equipos que trabajan con nosotros. El contexto nos lleva a tener un margen de maniobra para ver dónde están las oportunidades de recaudar fondos y a trabajar en alianzas donde cada institución tiene un valor y voluntad para resolver los mismos problemas. Por eso trabajamos en equipo». 

Asimismo, como una alternativa más independiente y que les brinda un poco de aire, varias organizaciones están aplicando para recibir financiamiento internacional. Esto las llevó a focalizarse en adquirir herramientas y conocimientos particulares para alcanzarlos.

Triangulo virtuoso

Al hacer un análisis sobre cómo se configura la relación actual entre las organizaciones de la sociedad civil y el Estado, se percibe una distancia bastante amplia entre el óptimo y lo que efectivamente sucede hoy en este campo.

«Pertenecí a una época donde la mejor política social era que las personas consigan capacitarse, que descubran un oficio, o que asistan a alguna de las Universidades que ahora estaban a su alcance, que pudieran conseguir un trabajo para que pudieran llevar comida a las mesas de sus casas, y donde la propagación de comedores no era ningún dato a destacar» expone Silvina Granero, ex Directora de Apoyo a Iniciativas y Prácticas Socialmente Responsables del Ministerio de Desarrollo de la Nación Argentina.

No obstante, en opinión de Granero, el panorama actual dista de ello.  «Ante la visible retracción del Estado en la vida cotidiana del pueblo con la desaparición de programas fundamentales, o ante la incapacidad de readaptar ciertas políticas publicas a las necesidades actuales, las organizaciones sociales se encuentran protagonizando en soledad el territorio. No alcanza con destinar ciertos fondos cuando hablamos de políticas sociales, bastaría con caminar los barrios para ver que se pueden dirigir esos fondos de manera más efectiva y eficiente» plantea.

Además del vínculo de estos dos actores, al hablar del triángulo virtuoso de la economía que, si articulan bien, permite que una sociedad se desarrolle de manera equitativa, se suma el empresariado. Granero plantea que salvo algunas grandes empresas que tienen asegurados sus ingresos en divisas extranjeras, hoy las compañías son «parte de ese pueblo que sufre y al que se le complejiza cada vez más llegar a fin de mes» y a ello agrega: «Conozco infinidad de ejemplos de empresarios con conciencia y vocación social y nacionalista que están haciendo imposibles por no despedir trabajadores, por buscar nuevos mercados y por mantener la capacidad instalada esperando algún día poder reactivar la producción, y son ellos a los primeros a los que hay que escuchar el día que pase la tormenta (según percibo, provocada). Es ese mismo empresariado el que será protagonista a la hora de reactivar el país.

Urgencia versus el largo plazo

Uno de los componentes necesarios para hablar de Responsabilidad Social (RS) con efectos verdaderamente transformadores en la sociedad, tiene que ver con apuntar al largo plazo. El hambre, el frío o la violencia, tienen -al final del día- una urgencia mayor que muchas veces, exigen que las organizaciones pospongan sus objetivos y se aboquen a enfrentar situaciones que no dan margen para la espera. La mirada en el largo plazo, permite empoderar a las comunidades, crear valor, darles las herramientas para que prescindan de la mano del Estado o de una ONG para subsitir. En este marco, si bien las compañías no dejaron de apoyar a sus organizaciones aliadas del sector social, en muchos casos este vinculo se reconfiguró, pasando de apoyar programas a acciones. «Si bien no es facil conseguir empresas que financien un proyecto sí, nos resulta un poco más viable, pensar distintas acciones durante el año, de un financiamiento no muy alto, un canje, donaciones por especie. Eso es lo que hace que uno pueda seguir generando oportunidades» relata Paula Lemos,  directora de desarrollo de recursos de Mensajeros de la Paz.

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