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Retrocede diez casilleros

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Frente a los dolorosos indices de pobreza, la primera dama lanza un programa filantrópico para fomentar el arte en los niños. Una acción que, además de ser incoherente con la realidad social, tiñe de frustración años de avances en torno al entendimiento de la Responsabilidad Social en nuestro país.

En un país donde 1 de cada 6 niños está en situación de pobreza, utilizar la visibilidad mundial que ofrece la participación de las esposas de los hombres más poderosos del mundo, solamente para promover programas de arte y creatividad para esos mismos niños, es -sin duda- un acción que no debiera pasar desapercibida para quienes trabajan día a día en temáticas de Responsabilidad Social. ¿Por qué? Basicamente porque este es un claro ejemplo de filantropía, y en términos del camino recorrido en esta materia, es una etapa que -si bien no está netamente superada- se considera como una fase que va en contra de los principios que el concepto de Responsabilidad Social actual requiere para ser considerado como tal. 

Es que Juliana Awada, la esposa del presidente Macri, reunió en el Malba a las 12 primeras damas de los mandatarios presentes en Argentina en el marco del G20 para lanzar un proyecto de arte que se llevará a cabo el año que viene en escuelas y Espacios de Primera Infancia (EPI), ubicados zonas de escasos recursos de todo el país. Esta iniciativa reúne a diez artistas argentinos, que estuvieron presentes en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), donde exhibieron una decena de sillas intervenidas para simbolizar el compromiso con las acciones artísticas que se realizarán. Todos llevarán adelante talleres y dejarán sus marcas artísticas en murales y mobiliario de los EPI, con el objetivo de «contribuir a estimular mejores condiciones de desarrollo creativo de los niños», según informaron.

Para entender mejor por qué esta acción es foco de críticas y puede representar un giro en la dirección que venía llevando la RS en nuestro pais desde hace años, es conveniente hacer una comparación entre lo que la Filantropía persigue a diferencia del de la Responsabilidad Social. El primero de ellos consiste en llevar a cabo donaciones reactivas, con impacto a corto plazo, unilateralmente (sin evaluar necesidades reales ni medir impactos) y que en definitiva responden más a intereses altruistas del donante, que de quien lo recibe. No obstante, bien gestionadas pueden alcanzar un alto impacto mediático.

Los Estados pueden ser agentes de transformación si operan en base a una lógica que entiende que el valor de una acción no se mide exclusivamente por sus resultados materiales, sino por su apego a principios fundamentales, como la justicia social y la dignidad humana.

La RS, por el contrario, apunta a transformar una realidad, no simplemente poner «parches». Esto quiere decir, realizarlo en el marco de una planificación estratégica que, como primer paso, se centrará en el diálogo con los actores que conforman ese mismo ecosistema, identificarán de manera conjunta los tema-problema de ese territorio, y diseñarán de manera conjunta acciones y programas. La mirada en este caso, se posa más en el largo plazo, apuntando a empoderar a las comunidades, a crear valor. Por tanto, remite a otro concepto de organización (sea una empresa, una administración, una escuela, una organización de la sociedad civil), que en ningún caso es vista como un actor aislado o simple receptor de donaciones, sino formando parte de redes de intercambio, de cooperación, de confianza y capital social con otras partes interesadas y vinculadas. Invita a trabajar juntos en la protección de los recursos naturales, en la protección de la cultura, desandando inequidades sociales en la diversidad, en pos del bienestar común.

Esta dinámica nos lleva a entender que desde la visión de los Estados, éstos pueden ser agentes de transformación si operan en base a una lógica que entiende que el valor de una acción no se mide exclusivamente por sus resultados materiales, sino por su apego a principios fundamentales, como la justicia social y la dignidad humana.

Como plantea Oscar Madoery, Doctor en Ciencias Sociales y reconocido especialista en la temática, «es necesario pensar y actuar la Responsabilidad Social desde una perspectiva de transformación política y territorial. Política como praxis orientada a transformar un orden social y no sólo como juego electoral. Y territorial, para dar cuenta de que hablamos de un proceso situado, del territorio como el lugar donde acontece la vida, de las acciones orientadas al cambio que siempre tienen un anclaje territorial».

La RS, por el contrario, apunta a transformar una realidad, no simplemente poner «parches».

Llegar al punto de equilibrio actual no fue nada fácil. Hoy los criterios se ven armonizadas estrategias y prioridades en la Agenda de Desarrollo 2030 creada por Naciones Unidas, pero previo a ello, se vino llevando a cabo una continua labor que dio como resultado documentos como el Global Reporting Initiative (GRI), la ISO 26000, las diversas guías creadas por los miembros del Pacto Global, entre otros. En estas circunstancias, resulta frustrante ver tirar por la borda décadas de «prueba y error» que les llevó a los empresarios y gestores en general en modelar sus buenas prácticas, los debates para llegar a consensos del ámbito académico, la adopción de un lenguaje común entre todos los actores o el armado de una agenda compartida entre todos los actores que forman parte de este ecosistema.

Tampoco fue sencilla la tarea de construcción de un modelo de gestión de gobierno que permitió pasar de políticas de asistencia a políticas de promoción; lo cual significó comenzar a concebir a las personas como sujetos de derechos –y ya no como meros destinatarios de programas acotados de transferencia de insumos o recursos–, preocupándose por la construcción de ciudadanía, la participación y el protagonismo popular, así como por la identidad local y la equidad territorial.

Como es sabido, son los Estados quienes delinean el perfil de la Responsabilidad Social en su territorio. Lo que preocupa entonces, es el efecto contagio de estas formas de concebir al otro están teniendo en las compañías y otras organizaciones.

Un camino desandado

Durante muchos años y como germen de la Responsabilidad Social, las empresas canalizaron sus intenciones de ayudar a las personas de su comunidad mediante donaciones. ¿Cómo funcionaba? Generalmente, las esposas de los dueños de las compañías, ocupaban sus días en ser ellas las «primeras damas» de esas pequeñas sociedades que se creaban en torno a las fabricas, con los barrios de sus obreros, escuelas, hospitales. Eran ellas el centro de recepción de sus pedidos para luego, «solidaria y caritativamente», reforzar ese vínculo paternalista que los unía, mediante la entrega de lo que pedían. Ni más, ni menos. Esto quiere decir que, cubrían esa necesidad puntual, pero no se excedían en darles algo que los ayudara a progresar ya que, de este modo, verían terminada su chance de sentir esa gratificación que las enaltecía a ellas mismas y frente a sus pares.

Con el paso del tiempo, este mecanismo fue mutando hacia algo más organizado, que dio origen a las fundaciones corporativas, normalmente homónimas a las empresas que las creaban. Si bien, sus impactos estaban un poco más sistematizados, con recursos humanos más especializados -y en el mejor de los casos- ya implementando programas y políticas para vincularse con la comunidad que las rodeaba, el problema es que se mantenía como una estructura independiente de la compañía. En otras palabras, sin generalizar, la situación podía ser evaluada de la misma manera: una empresa que «lava sus culpas» a través de su brazo solidario, (en este caso la fundación), compensando la balanza de sus falencias en otras esferas.

Con la creación de áreas de Responsabilidad Social o Sustentabilidad, en las organizaciones, el objetivo fue el de lograr que ésta sea transversal a toda la organización, que forme parte de su ADN.

El paso natural posterior a esta etapa, consistió en fundir esas dos instituciones y hacer de la Responsabilidad Social parte de la empresa. Con la creación de áreas físicas o virtuales, gerencias de RSE o sustentabilidad, direcciones, coordinaciones, sin importar el nombre que se le diera, el objetivo fue el de lograr que la mirada socialmente responsable sea transversal a toda la organización, que forme parte de su ADN.

Entonces, con esta mirada retrospectiva y habiendo avanzado tanto, cuesta entender cómo en tan poco tiempo y tan bruscamente, se dan tantos pasos hacia atrás y lo que es, pero resulta peor aún, de manera deliberada. Cabra preguntarse entonces, si es que este modus operandi responde o no, a una deliberada decisión de evitar políticas públicas que tengan como fin mejorar la calidad de vida de las personas en situación de pobreza, de fortalecer los ámbitos educativos, de dotarlos de herramientas que permitan empoderarse, en otras palabras, promover movilidad social ascendente sostenible. 

 

Sobre el rol del Estado

Si bien el concepto de Responsabilidad Social abraza a todos los actores que habitan en un territorio dado, hay que, sin dudas, por su importancia se lleva el papel protagónico, y es el Estado. Su función en este sentido, es promover el trabajo intersectorial con una mirada integral y coordinar esfuerzos institucionales (enfoques y recursos) para lograr gestiones efectivas, eficaces y competentes.

Además, a través de sus políticas públicas podrán influir en la generación de nuevas y  mejores  prácticas  ciudadanas,  que van ganando sustentabilidad en la medida en que contemplan y retroalimentan las diferentes dimensiones de la Responsabilidad Social: económica, a partir del impulso y la inclusión productiva; social, con la promoción de la igualdad de oportunidades y la justicia social; ambiental, fomentando el uso responsable de los recursos naturales y política, generando acuerdos colectivos y vinculando capacidades y recursos.

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