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Aporofóbia: una palabra revolucionaria.

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Incorporaada al Diccionario de la Real Academia Española recién en 2017, la palabra Aporofobia permite darle entidad a una realidad tan cierta como preocupante: el odio a los pobres. 

El lenguaje es dinámico y evoluciona con los hablantes. Las palabras acompañan los procesos sociales y permiten dar nombre a fenómenos, reivindicaciones o simplemente distintas categorías que antes no existían. Así, por ejemplo, los actuales movimientos por la diversidad sexual y de género, las luchas feministas, se plasman en la manera en que hablamos. El lenguaje crea las condiciones de posibilidad de algo, si no tiene nombre, no existe.

El lenguaje inclusivo es un ejemplo de esta realidad. Pero, a diferencia de éste, hay otras palabras que debieron se creadas y no son resultado de avances en el plano social, sino todo lo contrario.

En septiembre de 2017, la Real Academia de la Lengua Española hizo una nueva incorporación a su diccionario. Se trata de «Aporofobia«, que hace referencia al rechazo, aversión, temor y desprecio hacia el pobre. Surge a partir de los términos griegos áporos (sin recursos) y fobos (temor, pánico). El concepto fue acuñado por la catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Adela Cortina y a pesar tener más de 20 años, no es casual que recién el año pasado, se le haya dado entidad institucional.

Cuando no se aseguran ciertas cuestiones básicas que hacen a una vida digna, es cuando la pobreza empieza a erosionar los derechos humanos de las personas.

Resulta evidente el poder que tienen las palabras si se comprende que, con una sola, se puede describir un escenario teñido de discriminación, violencia y odio por parte de quien la practica y se traduce en una profunda desigualdad de quienes la padecen. ¿Qué es lo que causa ese temor o rechazo a las personas de escasos recursos? Según explica la autora del concepto, inicialmente se sustenta en una característica propia de los seres humanos, denominada «reciprocidad indirecta», lo que significa que las personas están dispuestas a dar, con tal de recibir, aunque sea de de parte de otros, no de los mismos a quienes otorgaron esa ayuda. «Este es el núcleo de las sociedades actuales: son contractuales, en la política, en la economía y en todo lo demás. Estamos dispuestos a cumplir con nuestros deberes siempre que el Estado proteja nuestros derechos, estamos dispuestos a participar en la compraventa de la economia con tal que otros después nos devuelvan algo. Así, evidentemente es mucho más inteligente construir sociedades contractuales que conflictivas» amplía Cortina.

Es en este sentido que para los aporófobos, las personas pobres reciben beneficios al igual que el resto de los ciudadanos, pero no ofrecen nada a cambio, quedan fuera del juego del intercambio. En otras palabras, es la falsa creencia de que la penuria de los pobres afecta el bienestar de los ricos. Como resultado de ello, se genera la categoría de «excluidos».

En una disertación del ciclo de Charlas TED, Cortina explica que con las palabras sucede lo mismo que con las ideologías, «tienen una enorme influencia, pero no nos damos cuenta que están ahi. Entonces sigue manteniendose esa situación de asimetría entre quienes practican la aporofobía y los desvalidos que están situados en la parte inferior. Por eso hay que desactivar esa ideología, por lo menos poniendole un nombre».

El lenguaje crea las condiciones de posibilidad de algo, si no tiene nombre, no existe.

Como aditivo, los especialistas explican que la tendencia aporófoba puede incrementarse, si se da en un contexto en el que el discurso público -es decir el de los gobernantes de turno- la favorece, y el panorama nacional e internacional es clara muestra de su veracidad. Paises que hoy adoptaron una ideología neoliberal, es donde se pueden identificar los ejemplos más resonantes.

En Argentina por ejemplo, vasta con prestar más atención a las declaraciones de funcionarios y notar como hacen eco de rasgos aporófobos. La gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, el 20 de mayo de 2018, al ser consultada sobre la falta de posibilidades de educación de los sectores con menores recursos, declaró abiertamente: «Y para qué llenar la provincia de universidades públicas cuando todos sabemos que nadie que nace en la pobreza llega a la universidad?”. Otra frases resonantes, de quien hoy es presidente de la Nación y en ese momento era Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, el 26 de abril de 2009, cuando en una nota televisiva habló sobre los migrantes: “La Argentina es un colador. Cualquiera del Paraguay, de Bolivia, del Perú, entra como Pancho por su casa y se instala en algún lugar del país, preferentemente el Conurbano o las villas de la Capital».

La pobreza: un problema de Derechos Humanos

La aprofobia es un atentado contra la dignidad humana. ¿Por qué? La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDDHH), lo deja establecido en su primer artículo: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». En ese sentido, despreciar a una persona o grupo porque -circunstancialmente- no tienen los medios suficientes para participar del «juego del intercambio» en diversos campos, es un atropello hacia el derecho más básico de ser considerado en igualdad de condiciones. Esto a su vez, según explica Cortina en diversas publicaciones, es un golpe hacia la democracia afectando por el mismo motivo, a la escencia misma y su razón de ser.

Este año cumplen 70 años desde la proclamación de la DUDDHH y a diferencia de décadas anteriores, resulta incomprensible que en un mundo caracterizado por un nivel sin precedentes de desarrollo económico, medios tecnológicos y recursos financieros, millones de personas aun no cuenten con un plato de comida o los servicios más básicos. Tal como describe el prefacio de «Los Principios Rectores sobre la Extrema Pobreza y los Derechos Humanos», esto es un «escandalo moral».

La tendencia aporófoba puede incrementarse, si se da en un contexto en el que el discurso público -es decir el de los gobernantes de turno- la favorece, y el panorama internacional es clara muestra de su veracidad.

Pero la pobreza no es sólo una cuestión económica. Amartya Sen, Premio Nobel de Economía la define en sus trabajos como la privación de capacidades básicas y no meramente como la falta de ingresos. Capacidades en este marco, sería todo aquello de lo que es capaz de ser y hacer una persona. Así entonces, cobran importancia otros factores como la salud, la esperanza de vida, educación, alfabetización, acceso a agua potable, género, desigualdad, participación política, ya que es a través de todos ellos, que las personas alcanzan lo que se proponen. El abordaje entonces, es amplio englobado en la idea de un desarrollo integral.

En palabras de Amartya Sen el desarrollo es libertad, por ende, la pobreza y la falta de oportunidades económicas son vistas como obstáculos en el ejercicio de libertades fundamentales. «Cuando vemos qué tan bien está yendo la vida de una persona, miramos las características de esa vida, principalmente qué cosas puede hacer que según su propio razonamiento desea y valora. La libertad para tener esas cosas es en lo que se enfoca esta idea. Ahora, para gozar esas libertades es útil tener ingreso, recursos, riqueza, etc., pero éstos no son los únicos determinantes de la vida que podemos tener. En segundo lugar, la relación entre nuestros recursos y la capacidad para lograr algo depende no sólo de varios factores. Así que, en lugar de mirar los medios, el desarrollo como libertad se enfoca en los fines, o más exactamente, en lo que permite lograr los objetivos en la vida que una persona elige».

Se trata entonces de un fenómeno multidimensional y es ahí donde comienza el cortocircuito. Cuando no se aseguran estas cuestiones básicas que hacen a una vida digna, es cuando la pobreza empieza a erosionar los derechos humanos de las personas, en consecuencia, las personas sufren privaciones que se relacionan entre sí y se refuerzan mutuamente —como las condiciones de trabajo peligrosas, la insalubridad de la vivienda, la falta de alimentos nutritivos, el acceso desigual a la justicia, la falta de poder político y el limitado acceso a la atención de salud—, que les impiden hacer realidad sus derechos y perpetúan su pobreza. En palabras de António Guterres, Secretario General de la ONU «la erradicación de la pobreza no es una cuestión de caridad sino de justicia».

Los DDHH en la práctica

Más allá de estas declaraciones y documentos que otorgan un marco de actuación, cada país presenta un panorama distinto. En Argentina según explica, Graciela Rosenblum
presidente de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, aunque en las formas se adhieran a iniciativas como el Pacto de San José de Costa Rica sobre Derechos económicos, sociales y culturales y estén incorporados formalmente en la Constitución Nacional, la Declaración se ha transformado en eso, «una mera declaración».  «Si bien es un jalón importante y a pesar que la mayoría de los Estados del mundo adhirieron a la misma y dicen respetarla, nuestra experiencia como organismo de Derechos Humanos a lo largo de 81 años nos dice que en nuestro país y continente todavía es casi una utopía» menciona Rosenblum.

«No podemos decir que la misma se aplica cuando cotidianamente nos encontramos con políticas que mayoritariamente condenan  a nuestros pueblos y particularmente a la clase trabajadora y a los pobres de toda pobreza, a vivir con salarios de hambre y con condiciones de trabajo que retroceden en las conquistas de los derechos laborales, con presupuestos educativos y de salud que privatizan a los mismos dejando sin esos derechos a las mayorías populares y que además niegan la posibilidad de acceder a una vivienda digna, a la cultura y el deporte, sólo para mencionar algunos de los derechos cercenados» enfatiza.

Creada en 1937 la Liga Argentina por los Derechos del Hombre es la más antigua del país y una de las primeras en el mundo. De allí, que desde la institución se transitaron la mayoría de los procesos de la historia reciente del país. Al hacer un balance sobre la situación actual en comparación con años anteriores y especialmente respecto del papel de las organizaciones sociales Rosenblum apela a lo alcanzado en años anteriores y en lo que se logró capitalizar en el pueblo y sus organizaciones, donde remarca que «hay profundas reservas democráticas y memoria y ellas surgen cuando la realidad descripta anteriormente amenaza con arrasar con las conquistas de más de 200 años de lucha» y transmite su opinión respecto del futuro más cercano «el desafío está frente a nosotros y la oportunidad también. Habrá que apelar a las enseñanzas que nos dejó la historia y construir la unidad para los cambios profundos que necesitamos como pueblo» asegura.

 

En el código penal

Desde octubre de 2018, la aporofobia es considerada como un agravante en casos de delitos racistas, xenófobos, étnicos, de género, de identidad sexual y religiosos. Así, por iniciativa del partido Unidos Podemos, el gobierno modificó el apartado 22.4 del Código Penal. La propuesta tuvo alta aceptación dado los altos índices de pobreza y a su vez de violencia: más de 30.000 personas viven sin hogar en España, un 38 por ciento más desde que estallara la crisis económica; cuatro de cada diez están en esta situación desde hace tres años y casi la mitad, el 47%, admite haber tenido episodios de violencia en los que “el único motivo es el odio, según declaró El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.

 

 

 

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