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¿Por el buen camino?

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El Covid-19 puso en jaque al mundo tal como lo conocíamos antes del 2020, y trajo aparejados una serie de cambios en línea con una mayor conciencia sobre la urgencia de mitigar el impacto ambiental sobre el planeta. Dado que aun estamos transitando esta crisis y los datos que arroja la realidad -especialmente en materia ambiental- se van modificando día a día, los especialistas no llegan a un consenso: ¿Estamos frente a un nuevo paradigma?

Sin embargo, hay una idea sobre la que sí hay acuerdo y tiene que ver con la necesidad de cambiar ciertos modelos de producir, de relacionarnos con la naturaleza y adoptar nuevos hábitos y lo más importante aun, reflexionar sobre las verdaderas causas que nos trajeron hasta acá.

El confinamiento generado por la pandemia, que paralizó el mundo desde enero de 2020, fue un respiro para el planeta. El cese de la producción y la circulación generó una reducción drástica de la actividad industrial y el transporte, que se tradujo en una reducción del impacto ambiental. 

La televisión y las redes sociales se llenaron de registros con imágenes de aguas cristalinas y animales corriendo libremente en paisajes urbanos. Aunque no faltaron las fake news, como la que muestra a una pareja de delfines nadando en los canales de Venecia, muchos de esos cambios pudieron medirse concretamente.

Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), la movilidad (que representa el 57% de la demanda mundial de petróleo), disminuyó a una escala sin precedentes a principios de 2020. El transporte en rutas, en aquellos lugares donde hubo restricciones cayó entre un 50% y un 75%, comparado con marzo de 2019, y representó el 50% de la disminución de la demanda mundial de petróleo.

Como la demanda de energía primaria cayó casi un 4% en 2020, las emisiones globales de CO2 relacionadas con la energía también se redujeron en un 5,8%, la mayor disminución porcentual anual más baja desde la Segunda Guerra Mundial. 

“En términos absolutos, la disminución de las emisiones de casi 2.000 millones de toneladas de CO2 no tiene precedentes en la historia de la humanidad; en términos generales, esto equivale a eliminar todas las emisiones de la Unión Europea del total mundial”, enfatiza el IEA. 

La demanda de combustibles fósiles también se vio afectada durante el 2020: el petróleo cayó un 8,6%, y el carbón un 4%. En ese sentido, las emisiones mundiales derivadas del uso de petróleo se desplomaron en más de 1.100 Mt de CO2, frente a los 11.400 Mt, un 14% menos que las registradas en 2019. Esa disminución representó más del 50% de la reducción global total de las emisiones de CO2 en 2020.

La pandemia es un agregado a otras crisis que ya teníamos, que se monta sobre una crisis ambiental y climática, que viene de lejos y a la que no le estamos dando respuesta.

Como contraparte, las tecnologías y los combustibles bajos en carbono, en particular la energía solar fotovoltaica y la eólica, alcanzaron su participación anual más alta en la combinación energética mundial, superando el 20%, un punto porcentual más en la comparación interanual.

El sector de la aviación fue uno de los más afectados por las restricciones y en abril de 2020, la actividad de vuelos globales fue un 70% menor que en el mismo mes de 2019. En relación a los niveles previos a la crisis sanitaria, el sector redujo sus emisiones casi un 45%. Un indicador visto por última vez en 1999 y que equivale a sacar de circulación cerca de 100 millones de autos.

Claro que, a nivel regional, las respuestas frente a la pandemia fueron diferentes, lo que trajo distintos resultados. Las economías avanzadas experimentaron las caídas más pronunciadas en las emisiones anuales en 2020, con un promedio del 10%, mientras que las emisiones de las economías de mercados emergentes y en desarrollo cayeron un 4% en relación con 2019. 

Los datos son contundentes. Sin embargo, el mundo todavía transita el Covid-19 con el ritmo de la vida diaria prácticamente restaurado en todos los niveles. En función de la experiencia vivida y en términos de la disminución real del impacto sobre el medio ambiente: ¿Cuál sería el nuevo paradigma global que dejó la pandemia?

¿Qué cambió?

El coronavirus trajo cambios concretos en todos los niveles: aceleración de la transformación digital; explosión del comercio electrónico y la logística; teletrabajo; educación a distancia; mayor penetración de pagos digitales; surgimiento de nuevos modelos de negocios; replanteo del modelo de atención en sucursales; nuevas formas de movilidad y migración de grandes ciudades a zonas urbanas, entre otros.

Para Mariana Galli Basualdo, magister en gestión y política ambiental de la Universidad Carlos III de Madrid y consultora externa de la Fundación Observatorio de Responsabilidad Social, hay dos cambios significativos que deben agregarse a la lista. Uno está relacionado con el consumo y una mayor conciencia en cuánto a la elección de los productos y servicios, y la forma en la que los consumimos.  

En ese sentido, las personas están cada vez más informadas sobre el origen y los procesos de producción que intervienen en la fabricación de determinados productos, y juegan un rol clave en el momento de elegir.

La pandemia desnudó la gravedad de la distribución desigual de las riquezas en el mundo, pero no generó una respuesta que la pusiera en cuestión, sino más bien la agravó.

El otro tema, según la especialista, tiene que ver con la forma en la que se vinculan las personas. El confinamiento generó una mayor socialización a través de redes sociales y plataformas digitales, pero también mayor un mayor arraigo en la comunidad y dentro de los mismos barrios, con los vecinos y los comercios de cercanía.

“La gente comenzó a vincularse más con lo propio, en el barrio, en el municipio, en su provincia. Al no poder trasladarse, se dio un mayor consumo en el lugar y el desarrollo empezó a generarse localmente”, enfatiza.

Daniel Feierstein, doctor en Ciencias Sociales, Investigador Principal del CONICET, Profesor Titular en UNTREF y UBA es menos optimista. Agrega que, más que un cambio de paradigma lo que se vio fue una aceleración de tendencias que se venían desarrollando, como el teletrabajo y la transformación urbana asociada.

Sin embargo, aclara: “Aunque en algunos lugares del mundo se empieza a dejar atrás la pandemia, todavía no sabemos cuál va a ser la fuerza definitiva que tendrán esos cambios. Soy pesimista sobre si los sabemos entender. La pandemia desnudó la gravedad de la distribución desigual de las riquezas en el mundo, pero no generó una respuesta que la pusiera en cuestión, sino más bien la agravó”.

Y agrega que al principio se generó un movimiento que articuló la participación de organizaciones sociales, territoriales e iglesias, con el sistema de salud y las autoridades, para colaborar en la crisis sanitaria. 

“Eso se dio con mucha fuerza en Argentina y produjo muchas iniciativas muy interesantes como fueron las cuarentenas comunitarias o el programa, ‘El Barrio cuida al Barrio´, pero lamentablemente no hubo una valoración por parte del aparato estatal sobre la importancia de estas instancias y poco a poco se les quitó apoyo. No creo que terminemos la pandemia con un fortalecimiento de estos espacios”, opina.

En relación a los niveles previos a la crisis sanitaria, el sector de la aviación redujo sus emisiones casi un 45%. Un indicador visto por última vez en 1999 y que equivale a sacar de circulación cerca de 100 millones de autos.

Para Feierstein, no obstante, sí se registraron cambios importantes sobre los sistemas de salud y la economía del cuidado, “que vienen siendo atacados desde hace épocas por esta hegemonía neoliberal”. En ese sentido, es probable que a partir de ahora haya mayor claridad sobre su importancia.

En la misma línea, Andrés Nápoli, director Ejecutivo de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), agrega que, si bien es un hecho de la realidad que, al detenerse la actividad económica mejoran los índices de contaminación, no se trata de un cambio estructural.

“Por ahora son solo modos de acomodarse a una nueva realidad. La pandemia es un agregado a otras crisis que ya teniamos, que se monta sobre una crisis ambiental y climática, que viene de lejos y a la que no le estamos dando respuesta”, señala.

Para Nápoli la cuestión es qué vamos a hacer para enfrentar la situación y cambiar ciertos modelos, que se profundizaron con la crisis sanitaria y demuestra las debilidades del ser humano frente a la naturaleza, la necesidad de obrar en conjunto y la importancia de reflexionar sobre las verdaderas causas que nos trajeron hasta acá.

“El tema del día a día es cómo llevar adelante la gestión de la crisis sanitaria y cómo afrontar la situación laboral y de ingresos, pero no estamos en un momento de grandes debates. No creo que la pandemia nos haya ayudado a tomar conciencia sobre estos otros temas, aunque sí si se han cambiado algunos hábitos que pueden ayudar”, define.

Los desafíos más urgentes

La pandemia es un llamado a la reconfiguración que pone en tensión una enorme cantidad de temas, que hoy se ubican en el plano de la formulación y que, de no abordarse en el corto plazo, traerán más problemas todavía.

En ese sentido, Manuel Pedreira, integrante del Consejo Directivo del INTA en representación del Ministerio de Agricultura Ganadería y Pesca de la Nación, MAGyP, identifica como temas de abordaje indispensable la pobreza, la fragilidad económica de la clase media, el trabajo informal, el desempleo y la alta concentración de la producción de alimentos.

“Estamos viviendo esta situación con una impronta de darwinismo social, que no va línea con la idea de romper la brecha entre los que más y los que menos tienen”, enfatiza. En esa línea, la solución es crear un modelo económico donde la riqueza sea un valor social al alcance de todos en función de sus capacidades.

Un cambio en el modelo de producción de alimentos en Argentina para Pedreira es clave. “Hoy está concentrada en una cantidad de actores que se cuentan con los dedos de una mano. Ese modelo de concentración genera marginación en la producción y en el consumo. No se trata de volver a tras sino de recomponer y repensar”, explica

El proceso de pandemia generó una ruptura en el abastecimiento y estimuló modelos de desarrollo local. Desde el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) siguieron trabajando, no sin dificultades de logística, para sostener el programa ProHuerta y acompañar el desarrollo de huertas familiares.

El sector de la agricultura familiar también tuvo mucha actividad ante las restricciones. Sin embargo, para Pedreira sigue siendo insuficiente porque los productores no tienen acceso a los recursos financieros para incrementar sus capacidades o tienen dificultades para su formalización.

Para Pedreira la soberanía alimentaria y la producción local de alimentos son clave para erradicar “modelos productivos que se basaron solamente en la rentabilidad financiera y no en el desarrollo del país, donde la generación de riqueza no es la capacidad de una empresa de incrementar su propia rentabilidad”.

Según Nápoli, Argentina deberá revisar seriamente su modelo productivo, si quiere cumplir con los compromisos ambientales asumidos a nivel global. Afortunadamente cuenta con un territorio extenso para promover un cambio importante de la matriz energética y la agricultura, y buscar nuevos desafíos más allá de la minería, el petróleo y el gas. 

“Hay que buscar nuevos modelos de producción, de consumo, de combustibles, de habitabilidad. La energía tiene que estar en los lugares donde se produce. Es clave pensar en la descentralización y el desarrollo por ciudad, por localidades, por regiones, con matrices sostenibles, pero todavía falta un recorrido enorme.” 

Sin dudas, la pandemia puso sobre las cuerdas la necesidad de encarar con urgencia y seriedad una gestión sostenible del planeta. Habrá que esperar a que pase la emergencia para saber cuáles de todos estos cambios perdurarán en el tiempo. Lo que es seguro es que, en función de lo vivido, será muy difícil seguir adelante sin tener una mirada crítica.

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